martes, 20 de enero de 2009

El secreto de la zarza


El secreto de la zarza
Luis Palau

Escuché decir que sean estos los mejores o los peores tiempos, es el único tiempo con que contamos.

Es un buen recordatorio para los cristianos. Este es nuestro momento en la historia. Debemos servir al Señor cada día durante el tiempo que tenemos. ¿Pero cómo podemos servir a Dios? ¿Cómo podemos ser victoriosos para Cristo? ¿Qué es lo que caracteriza a un obrero cristiano genuino y triunfante?

Muchos cristianos creen que si trabajan arduamente y oran lo suficiente, entonces serán victoriosos. Permítame decirle que ésa es la esencia del legalismo. Por más sincero que sea un legalista, si su fe está puesta en sí mismo y no en el Cristo viviente, indefectiblemente va camino al fracaso.

Tal fue el caso de Moisés cuando mató al egipcio que había golpeado a un esclavo hebreo. Fue sincero en sus intenciones, pero estaba confiando en sus propias fuerzas, las armas de la carne.

Y esa también era mi situación cuando en 1961 fui a cursar estudios teológicos. Tenía grandes sueños que quería ver realizados, pero mi impaciencia me llevó a confiar en mi propio poder, no en el poder del Señor.

Unos días antes de la Navidad, el orador en la reunión semanal del seminario fue el mayor Ian Thomas. Su tema fue:

"Cualquier simple zarza sirve, siempre y cuando Dios esté en la zarza."

El señor Thomas señaló que Moisés tuvo que pasar 40 años en el desierto para darse cuenta de que era nada. Dios estaba tratando de comunicarle un mensaje: "No necesito una zarza bonita, educada ni elocuente. Cualquier simple zarza sirve, siempre que Yo esté en la zarza. No serás tú haciendo algo para mí sino Yo haciendo algo a través de ti."

Thomas agregó que aquella zarza del desierto era un montón de ramitas secas que apenas habían crecido, y sin embargo, Moisés tuvo que quitarse el calzado de los pies. ¿Por qué? Porque estaba pisando tierra santa ya que Dios estaba en la zarza.

Yo era como esa zarza. No podía hacer nada para Dios. Todo lo que pudiera leer y estudiar, todas las preguntas que pudiera formular y el esfuerzo que hiciese para imitar a otros, todo era en vano. Todo en mi ministerio carecía de valor si Dios no estaba en mí. No es de extrañar que me sintiera frustrado. Sólo Dios podía darle eficacia a mi ministerio.

Cuando el mayor Thomas concluyó su sermón citando Gálatas 2:20, el mensaje adquirió sentido. "Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí: y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí."

En ese instante comprendí que el secreto para ser un obrero cristiano victorioso no radicaba en la dependencia de mí mismo sino en la completa dependencia del todopoderoso Señor Jesús resucitado quien estaba en mi corazón. Al final Dios estaba en control de mi zarza. (Como consecuencia de nuestra unión con Jesucristo, nuestro recurso interno es Dios mismo (Colosenses 2:9-15). Cuando entendemos esta verdad, Dios nos da una nueva perspectiva de nosotros mismos y comprendemos que tenemos valor.)

Sentí una inmensa paz al saber que podía dejar de luchar para vivir la vida cristiana por las mías. Pero qué pena haber perdido ocho años de mi vida tratando de hacer todo en mis propias fuerzas.

Tal vez ésta sea su situación hoy. Recuerde que así como no podemos conseguir la salvación a través del esfuerzo propio, tampoco podemos obtener victoria de esa manera.

Aunque nuestros días en la tierra sean cortos, pueden llegar a ser días grandiosos. Tendrán valor para la eternidad si tan sólo renunciamos a nosotros mismos y le decimos a Dios sinceramente: "No ya yo, sino Cristo en mí."

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