lunes, 19 de mayo de 2008

HE LOGRADO SATISFACER MI MENTE


por Josh McDowell


Hace varios años Tomás de Aquino describió mi vida cuando dijo que dentro de cada alma hay una sed insaciable de felicidad. Yo deseaba ser feliz. ¿Quién no lo desea?


Aborrecía estar a solas, y me preguntaba a mí mismo, "¿Quién soy yo?" Si alguien me hubiese ofrecido droga en aquel tiempo, yo la habría aceptado gustoso, porque me sentía frustrado, y buscaba sinceramente respuestas a mis frustraciones, a mi vacío.


En un principio pensé que la respuesta podría ser la religión, así es que fui a la iglesia. Pero nunca encontré lo que podría cambiar mi vida. Siempre he sido una persona muy práctica, y si algo no resulta bien, lo desecho. Así es que deseché la religión.


Luego decidí que la educación podría ser la respuesta, puesto que todos nuestros dirigentes son educados. Fui a una universidad, y hablé con los estudiantes acerca de los problemas, pero no teníamos las soluciones. Y aun cuando mis profesores podían decirme cómo llevar una vida mejor, no podían, sin embargo, decirme cómo vivir mejor.


Pensé que tal vez la respuesta fuera el prestigio — de modo que postulé a la presidencia de la clase del primer año, robamos algunos votos y resulté elegido. Era emocionante conocer a todos en el plantel, hacer decisiones, decir a la gente lo que hiciera. Pero después de algunas semanas el entusiasmo comenzó a declinar. Los estudiantes se me acercaban con problemas y yo les decía, "Miren muchachos, no puedo ayudarles. Yo tengo mis propios problemas."


Pero por aquel tiempo vi que algunos estudiantes y unos pocos profesores tenían alrededor de ellos una dimensión distinta. Parecían estar yendo por encima de sus circunstancias — no abajo con la masa.


Mi "Felicidad" dependía siempre de las circunstancias. Cuando las cosas iban bien, yo me sentía bien. Cuando las cosas estaban resultando mal, me sentía mal. Si mi chica me amaba, yo estaba en las nubes; si ella rompía conmigo, me sentía abatido.


De modo que después de un tiempo les pregunté muy sencillamente, "¿Qué ha cambiado sus vidas?" Una joven dama me miró, sonrió y dijo dos palabras: "Cristo Jesús".


La miré y dije, "Querida, no me des esa basura. Estoy hastiado de la religión, y estoy hastiado de la iglesia. No me hables de religión." Pero ella debe haber tenido una muy profunda convicción, pues respondió, "Señor, yo no le hablé de religión. Ni le mencioné la iglesia. Yo le hablé de la persona de Jesucristo." Entonces me disculpé ante ella.


Estos estudiantes me señalaron que el cristianismo no era una religión — sino una relación. Eso me impactó, pues siempre he apreciado mis relaciones con otras personas.


¿Saben qué fue lo que sucedió luego? Me invitaron a que examinara intelectualmente las afirmaciones de Jesús como Hijo de Dios! ¡Figúrense! Pensé que era una farsa. (Siempre había pensado que todos los cristianos tenían dos cerebros; uno estaba perdido y el otro andaba por ahí buscándolo). Pero estas gentes me desafiaban continuamente, de modo que acepté la invitación.


El resultado fue que hallé hechos históricos y evidencias respecto de Jesucristo que jamás me había imaginado que existieran. Yo solía escuchar a los profesores las altaneras clases de humanidades, y si ellos no creían en el cristianismo, usted no iba a sorprenderme a mí creyéndolo. Pero descubrí que estaba rechazando a Cristo por causa de las tendencias o la ignorancia de ellos.


Efectivamente, yo tenía un terrible conflicto, pues en mi calidad de estudiante preparatorio de leyes, había llegado a creer que Dios había visitado este planeta en la persona del hombre Jesús, quien había muerto en la cruz por los pecados del hombre, que se levantó de los muertos y vive en la actualidad. Pero mi voluntad no podía aceptar lo que decía mi mente. Estaba siendo intelectualmente deshonesto. El conflicto se hacía peor cada vez que veía a esos cristianos desagradablemente felices. ¿Le ha tocado tener gente feliz a su alrededor cuando usted está triste? ¿No es cierto que eso lo afecta a uno? Bueno, a mí me afectó, y muy pronto supe que tenía que hacer una decisión pues ya me era imposible dormir. Llegué al convencimiento de que tenía que quitar eso de mi cabeza, pues de otro modo quedaría malo de la cabeza.


Tenía dos elecciones. Podía invitar a Jesucristo a entrar a mi vida como Salvador y Señor. O, podía rechazarlo.


Me alegro de haber tenido suficiente sentido común para evaluar la situación. Durante 19 años había estado insatisfecho con mi vida, y he aquí un grupo de personas que decían haber hallado la respuesta a la vida en Jesucristo. Llegué a la conclusión de que sería un necio si no probaba a Dios. Comprendí que si yo hubiese sido la única persona en el mundo entero, Jesucristo habría muerto por mí.


Una noche de diciembre, a las 8:30 P.M., llegué a ser un cristiano.


Primero, me aseguré de que mis amigos no estaban mirando. La única vez que ellos me habían visto de rodillas era cuando estaba ajustando el televisor, pero esa noche yo me puse de rodillas y oré, "Gracias, Señor Jesús, por morir en la cruz por mí." Luego le dije a Dios que sabía que era un pecador, ¡qué cosa! esa palabra solía ponerme fuera de forma. La idea que tenía del pecado era que se trataba de mentir, matar, cometer actos inmorales, etc. Pero el pecado es básicamente una actitud de indiferencia hacia Dios. De modo que le pedí que me perdonara.


Luego oré, "Jesús, te invito a venir a mi vida como Salvador y Señor. Cambio mi voluntad por tu voluntad." Finalmente, por fe, le di gracias por entrar a mi corazón. Nada sucedió. No hubo un relámpago descendiendo del cielo. No me brotaron alas, y no salí precipitadamente a comprar un arpa. Pero en seis meses a un año, mi vida entera estaba revolucionada.


Comencé viendo cambios en unos seis a ocho días. Tenía una gran intranquilidad mental, y siempre tenía que estar en algún lugar, o con alguien. No podía estar a solas con mis propios pensamientos. Mi mente parecía un laberinto. Pero cuando hice esa decisión por Cristo, hubo paz, quietud, en mi mente. Esto no quiere decir que no tuviera conflictos, sino que tuve la capacidad de encarar los conflictos, tuve paz. Es difícil describirlo; sencillamente uno tiene que experimentarlo por sí mismo.


Yo había tenido mal genio, y había estado constantemente metiéndome en dificultades y saliendo de ellas. Pero después de llegar a ser un cristiano, podría hallarme a punto de perder la compostura, cuando reaccionaba de súbito tranquilizándome, y mis amigos lo notaron. Pero mis enemigos lo notaron mucho más pronto.


También tenía mucho odio. No era algo que siempre se manifestara abiertamente; sino mas bien un efecto corrosivo interior. Despreciaba al hombre negro, al amarillo, al rojo, al blanco. ¿Por qué? Porque cualquiera que fuese diferente de mí era una amenaza para mí; me encontraba inseguro.


Pero había un hombre que era el compendio de todo cuanto yo aborrecía — mi padre. Para mí, él era el borracho del pueblo. Mis amigos del liceo hacían bromas respecto de él, constituyéndolo en el hazmerreír del pueblo. Yo me reía, pero en mi interior estaba llorando. A veces cuando recibíamos visitas en casa, yo ataba a mi padre en el establo y decía a la gente que él andaba en un trámite de importancia. Llegué al extremo de tratar de envenenarlo varias veces, poniendo veneno en sus botellas de whisky.


Pero cuando llegué a ser un cristiano, de algún modo el amor de Dios tomó ese odio y lo convirtió en amor — en un amor tan fuerte que pude mirar a mi padre directamente a los ojos y decirle, "Papá, te amo." Eso lo sacudió de veras.


Seis meses más tarde tuve un serio accidente automovilístico. Cuando mi padre entró a mi habitación, dijo, "Hijo, ¿cómo puedes amar a un padre como yo?" Y dije, "Papá, hace seis meses yo no tenía la capacidad de hacerlo. Pero por medio de Jesucristo puedo amarte, y a los demás también."


Le expliqué cómo Cristo me había cambiado desde adentro hacia afuera; y 45 minutos más tarde él se ponía de rodillas y dedicaba su vida a Jesucristo. Cuando alzó sus ojos, era literalmente un hombre cambiado. Era como si alguien se hubiera agachado y se hubiera convertido en un foco de luz. Después de eso tocó el whisky sólo una vez. Murió trece meses más tarde, pero en aquellos pocos meses, decenas de personas en mi pueblo natal y en los alrededores dedicaron sus vidas a Cristo a causa del cambio experimentado en la vida de mi padre.


Por esto es por lo que creo que Jesucristo es el más grande revolucionario que haya existido. Por esto creo que la mayor inversión que puedo hacer de mi vida es compartir mi fe con la mayor cantidad de hombres y mujeres con que pueda hacerlo.


En otro tiempo yo estaba continuamente en movimiento a causa de mi intranquilidad. Ahora estoy en acción por una razón diferente: quietud. He logrado tener una mente satisfecha.



Joshe McDowell es, hasta la fecha, autor de más de 65 libros. Entre sus libros más populares están "Evidencia que exige un veredicto", "Respuestas a preguntas difíciles" y "Razones", publicados por Editorial Vida. Josh ha sido representante viajero de Cruzada Estudiantil para Cristo durante treinta y tres años, y dirige el Ministerio Internacional Josh McDowell. Josh y Dottie, su esposa durante veinticinco años, residen en Dallas con dos de sus cuatro hijos.

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