viernes, 7 de marzo de 2008

EL SENTIMIENTO MAS RUIN: ¡EL RENCOR!

"Mejor es la comida de legumbres donde hay amor,
que de buey engordado donde hay odio". (Proverbios 15:17).

El odio es el sentimiento más destructivo de nuestra vida, es el cáncer del alma. El odio solo hace daño a una persona: a quien lo cultiva no al que hizo el mal. El odio injuria al odiador, nunca al odiado.

Nadie puede estar bien por mucho tiempo solitario, desanimado, ansioso, temeroso, resentido o disgustado. Y cuanto más intensos y más duraderos sean estos estados afectivos tanto peores serán los efectos en su salud. Por eso dicen que el amor es indispensable para la salud. Este concepto tiene ya plena confirmación científica.

El odio es peligroso, no solamente por lo que puede resultar en otros sino también por lo que causa en nosotros.Los que más nos perjudican no son los que nos odian, sino aquellos a quienes nosotros odiamos. El odio consume nuestro tiempo, pensamientos y energías y nos destruye física, emocional y espiritualmente. Por cada minuto de odio, perdemos por lo menos un día de felicidad.

Un ex-convicto de un campo de concentración nazi fue a visitar a un amigo que había compartido con él tan penosa experiencia.
-¿Has olvidado ya a los nazis? Le preguntó a su amigo.
-Sí.
-Pues yo no. Aún sigo odiándolos con toda mi alma.
-Entonces, le dijo apaciblemente su amigo, aún siguen teniéndote prisionero.

Así es, mientras odiemos a una persona, ésta tendrá poder sobre nosotros, podrá hacernos desgraciados toda la vida y podrá quitarnos la bendición de Dios. Pero si le amamos, le haremos perder este poder.

Cierto cristiano, que había tenido un fuerte disgusto con otro y a quien aún no había perdonado, hizo esta sorprendente declaración:

"En el preciso instante en que comienzo a odiar a un hombre me trasformo en su esclavo. Ni siquiera puedo disfrutar de mi trabajo porque él controla mis pensamientos. Mi resentimiento produce una excesiva cantidad de hormonas de tensión y me canso a las pocas horas de labor. El trabajo del cual antes disfrutaba ahora me resulta penoso. No siento placer en las vacaciones... puedo estar paseando en un lujoso carro en pleno verano por la orilla de un lago bordeado de un bello bosque pero en cuanto al placer que soy capaz de sentir, lo mismo daría estar conduciendo un destartalado camión en medio de la lluvia y el barro. El hombre que odio me persigue donde quiera que vaya. No puedo escapar de la garra con que aprieta mi mente.


Cuando el mesero del restaurante me sirve el mejor plato de la casa acompañado con ensalada y torta de frutas con helado, me da lo mismo que si fuera pan duro y agua. Mis dientes mastican la comida y la trago, pero el hombre que odio no me permite disfrutarla.


El hombre que odio puede estar a muchos kilómetros de mi cuarto. Sin embargo, con más crueldad que un capataz de esclavos, fustiga mis pensamientos con tal furia que mi mullido colchón se trasforma en un potro de tortura. En verdad el más humilde de mis empleados puede dormir pero yo no. Soy esclavo del hombre sobre el cual derramo la copa de mi ira".


Cuando odiamos a una persona le conferimos poder sobre nosotros; sobre nuestro sueño, sobre nuestro apetito y sobre nuestra felicidad. Nuestros enemigos bailarían de gusto si supieran cómo nos preocupan. Nuestro odio no les causa ningún daño; en cambio, trasforma nuestros días y noches en una pesadilla infernal. Odiar a alguien es otorgarle demasiada importancia, es colocarse por debajo de él. Odiar a alguien es semejante a preparar un veneno letal en una taza, tomárselo uno mismo y pretender que el otro muera por tal efecto.

El que odia es un asesino y un suicida. Asesino porque mata al prójimo con su odio y suicida porque se destruye así mismo ya que, el odio a quien primero lastima es al corazón del que lo nutre, es como el ácido en el recipiente de aluminio, perjudica más al envase que lo contiene que al objeto sobre el cual se vierte.

Póngase en el lugar del ofensor y véalo no como un ser perverso sino como un ser sin luz y equivocado. Únase a Dios y véalo como él lo ve: con infinita misericordia y compasión.

Aquellos que no pueden perdonar, demuestran con su acción que no pertenecen a Dios. No se puede creer, que siendo aborrecedores de los hermanos, rencorosos y vengativos se pueda ser hijos de Dios; un Dios que es misericordioso, clemente, compasivo y perdonador.

Una de las grandes obras que el Señor hace en nuestra vida por medio del evangelio y el poder del Espíritu Santo, es dotarnos de humildad y mansedumbre para llegar a ser perdonadores como el Padre Celestial.

"Cuando perdonamos, nos liberamos de los amargos lazos que nos unen a quien nos hizo daño".

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